| Libertad de Prensa |
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Harold Olmos (*) Hace un cuarto de siglo el mundo se enteró de manera fortuita del mayor desastre nuclear que registraba la historia. Los indicios llegaron por una vía insólita: las vacas nórdicas de Europa. No era que las vacas hubiesen aprendido a comunicarse con nosotros. Pero enviaron el alerta a través de la leche. La de las vacas suecas contenía niveles radiactivos mucho más altos de lo normal. Algo raro ocurría y el mundo lo supo gracias a un instrumento cuyos alcances aún no son debidamente comprendidos en algunas sociedades, ni tampoco suficientemente defendidos ni protegidos: la libertad de prensa. Fue un 25 de abril de 1986, hace 24 años. En los días del aniversario acababa de celebrarse en Bolivia una conferencia mundial de los pueblos sobre los cambios climáticos y el medio ambiente. Curiosamente, nadie se acordó de este accidente ni de ningún otro de esa naturaleza. Hubo una falla en un reactor del complejo nuclear considerado entre los más avanzados de la ex Unión Soviética. El vapor de la explosión y el incendio interno fueron lanzados al exterior desde el corazón radiactivo del reactor. Dos trabajadores de la planta murieron la noche del accidente y otros 28 en las semanas siguientes como resultado del envenenamiento radiactivo. Las nubes de ese vapor fueron tomadas por los vientos que lo llevaron a la atmósfera y de allí se esparcieron por casi toda Europa. Alarmado, el mundo empezó a saber del desastre un día después, cuando los centros de control radiactivo en Suecia y otros países nórdicos notaron que la leche registraba niveles inesperados de radiación. Pronto se llegó al comienzo del ovillo. Sólo ante la evidencia, los rusos admitieron que habían tenido una dificultad con su reactor. Poco a poco, los detalles del accidente empezaron a ser conocidos. Lamentablemente, en la patria del socialismo no existió la libertad de prensa. Fue la libertad de otras naciones la que llevó a abrir cortinas que, de otra forma, habrían permanecido cerradas. Esta libertad, aun manoseada y menospreciada, es la madre de todas nuestras libertades. Lo aseguran no solamente grandes políticos del presente. Hace casi dos siglos, al mencionar la libertad de expresión, Simón Bolívar dictaminaba: "El derecho de expresar sus pensamientos y opiniones, de palabra, por escrito o de cualquier otro modo, es el primero y más inestimable don de la naturaleza. Ni aún la ley misma podrá jamás prohibirlo …” Lo decía en 1819, cuando aún no habían concluido las gestas libertarias en el Nuevo Mundo. Como una forma de honrar la libertad de prensa este pensamiento debería estar inscrito en las redacciones de diarios y oficinas públicas en todos los países, inclusive en los llamados “bolivarianos”. (*) Harold Olmos es periodista boliviano e integrante del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa (ANP). Se ha desempeñado activamente en su profesión durante más de cuatro décadas. Trabajó como redactor y asistente de la dirección en el diario Presencia, de La Paz, y ha sido director de la Associated Press (AP) en Venezuela (1982-1993) y Brasil (1993-2006). Ahora reside en Santa Cruz de la Sierra. En diciembre del 2007 la Asociación de Periodistas de La Paz lo distinguió con el Premio Nacional de Periodismo. |
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